jueves, 16 de agosto de 2012

Truman Capote - Cuentos completos


Una Guitarra de Diamantes

El pueblo más próximo a la granja prisión está a treinta kilómetros de distancia.Numerosos bosques de pinos separan la granja del pueblo, y es en estos pinares dondetrabajan los presos; sangran los árboles para obtener trementina. La propia prisión está en unbosque. Para encontrarla hay que seguir una pista roja con profundas roderas hasta que, alfinal, aparecen sus muros, coronados por las alambradas caídas a modo de parras. En suinterior viven ciento nueve blancos, noventa y siete negros y un chino. Tiene dosdormitorios: grandes barracones verdes de madera con techo de papel embreado. Losblancos ocupan uno de los edificios, y los negros y el chino el otro. En cada uno de losbarracones hay una enorme estufa de ancha barriga, pero los inviernos son aquí muy fríos, ycuando los pinos agitan sus heladas ramas por la noche, y la luna proyecta su congelada luz,los presos, tendidos en sus catres de hierro, permanecen despiertos, y los colores ígneos de laestufa juguetean en sus ojos.Los presos cuyos catres están más cerca de la estufa son los más importantes:aquellos que son admirados o temidos. Uno de ellos es Mr. Schaeffer. Así le llaman, con eltratamiento de míster para denotar el especial respeto que merece, y es un hombre alto y muychupado. Su pelo es rojizo con canas plateadas, y su cara comedida, religiosa; no es más quepiel y huesos; se le notan los movimientos óseos, y tiene los ojos pálidos, incoloros. Sabeleer y escribir, y también sumar toda una columna de cifras. Cuando alguno de los demáspresos recibe carta, siempre se la lleva a Mr. Schaeffer. La mayoría de esas cartas son tristesy quejumbrosas; a menudo Mr. Schaeffer improvisa mensajes más animosos en lugar de leerlo que dice el papel. En el mismo barracón hay otros dos presos que también saben leer. Pesea esta circunstancia, uno de ellos le lleva sus cartas a Mr. Schaeffer, el cual, para devolverleel cumplido, jamás le lee la verdad. El propio Mr. Schaeffer no recibe nunca correo, nisiquiera por Navidad; parece no tener ningún amigo fuera de la cárcel, y de hecho tampocotiene ninguno en ella: es decir, nadie que sea especialmente amigo suyo. Pero no siemprehabía sido así.Un domingo invernal de hace unos cuantos inviernos, Mr. Schaeffer, sentado en laescalera de la entrada de su barracón, estaba tallando una muñeca. Se da mucha maña paraestas cosas. Talla las muñecas por partes, y después las une entre sí con trocitos de alambreque saca del somier; así, se les mueven los brazos y piernas, y les gira la cabeza. Una vez haterminado aproximadamente una docena de muñecas, el capitán de la granja las lleva alpueblo, en cuyo almacén las venden. De este modo, Mr. Schaeffer gana dinero paracaramelos y tabaco.Aquel domingo, cuando estaba tallando los dedos de una diminuta mano, entró uncamión en la explanada de la prisión. Un muchacho, esposado al capitán de la granja, saltódel camión al suelo y se quedó bizqueando, deslumbrado por el fantasmal sol de invierno.Mr. Schaeffer se limitó a dirigirle una mirada fugaz. Contaba entonces unos cincuenta años,de los que se había pasado diecisiete en la granja. Difícilmente podía interesarle la llegada deun preso nuevo. Los domingos son días de descanso en la granja, y los demás presos quepaseaban su melancolía por la explanada se congregaron en torno al camión. Más tarde, PickAxe y Goober pararon un momento junto a Mr. Schaeffer para decirle algo.
— Es extranjero, el nuevo— dijo Pick Axe — . Cubano. Pero rubio. — Navajero, dice el capi — dijo Goober, que también era navajero— . Rajó a unmarinero en Mobile.
— A dos— dijo Pick Axe — . Pero no era más que una pelea de bar. Y no les hizoningún daño. — ¿Te parece poco daño el haberle cortado la oreja a uno de los marineros? El capidice que le han caído dos años.— Tiene una guitarra completamente recubierta de brillantes— dijo Pick Axe.Estaba oscureciendo demasiado para seguir trabajando. Mr. Schaeffer montó lasdiversas piezas de la muñeca y, tomándola de las manitas, la sentó sobre sus rodillas. Lió uncigarrillo; a la luz del anochecer los pinos adquirían un tono azulado, y el humo del cigarrillotardaba en desvanecerse en el aire frío y cada vez más oscuro. Mr. Schaeffer vio que elcapitán cruzaba la explanada. El nuevo preso, un jovencillo rubio, andaba en pos de él, algorezagado. Los diamantes de cristal incrustados en la caja de su guitarra lanzaban tantosdestellos como un cielo estrellado, y el uniforme que acababan de darle le venía enorme:parecía uno de esos disfraces que se ponían los críos la noche de Halloween.— Un encargo para ti, Schaeffer— dijo el capitán, deteniéndose junto a los peldañosdel barracón. El capitán no era muy severo; de vez en cuando invitaba a Mr. Schaeffer avisitarle en su oficina, y allí charlaban los dos de las cosas que habían leído en elperiódico — . Tico Feo — dijo luego, como si fuese el nombre de un pájaro o el título de unacanción — , te presento a Mr. Schaeffer. Te irán bien las cosas si consigues caerle bien.Mr. Schaeffer alzó la vista para contemplar al chico, y sonrió. Le sonrió más de loque él mismo hubiera deseado, porque los ojos del chico eran como pedazos de cielo, azulescomo una noche de invierno, y su cabello era tan dorado como los dientes del capitán. Teníacara de juerguista, de listo y despabilado; y, mirándole, Mr. Schaeffer se acordó de susépocas de vacaciones, de los buenos tiempos.— Se parece a mi hermanita pequeña— dijo Tico Feo, tocando la muñeca de Mr.Schaeffer. Su voz, con acento cubano, era suave y dulce como un plátano — . También sesienta en mi rodilla.Mr. Schaeffer sintió de repente un ataque de timidez. Tras saludar al capitán con unainclinación, desapareció entre las sombras de la explanada. Y permaneció allí, susurrandolos nombres de las estrellas a medida que iban abriendo sus flores en lo alto del cielo. Legustaban mucho las estrellas, pero aquella noche no le sirvieron de consuelo; no bastaronpara recordarle que lo que nos ocurre a los que vivimos en la tierra carece de importanciacontemplado desde el eterno fulgor de la eternidad. Mirándolas, volvió a pensar en laguitarra tachonada de brillantes, en su relumbrón mundano.Podría decirse de Mr. Schaeffer que en toda su vida sólo había hecho una cosa malade verdad: había matado a un hombre. Las circunstancias de ese crimen carecen deimportancia, y sólo vale la pena mencionar que aquel hombre merecía la muerte y que porella Mr. Schaeffer fue sentenciado a noventa y nueve años y un día. Durante mucho tiempo — de hecho, muchísimos años— no había pensado en cómo era su vida antes de llegar a lagranja. Su recuerdo de aquellos tiempos era como una casa deshabitada en la que hasta elmobiliario ha terminado pudriéndose. Pero esa noche parecía que hubiesen encendido denuevo las lámparas de todas aquellas tenebrosas habitaciones muertas. Este fenómenocomenzó a producirse en cuanto vio que Tico Feo surgía de la oscuridad con su espléndidaguitarra. Hasta ese momento no se había sentido solo. Sin embargo, ahora que reconocía susoledad, también se sintió vivo. No había querido vivir. Estar vivo equivalía a recordar ríosfangosos poblados de peces veloces, el brillo del sol en el cabello de una mujer.Mr. Schaeffer dejó caer la cabeza. El brillo de las estrellas le humedeció los ojos.El barracón acostumbra ser un lugar triste, con el rancio olor de los presos y elaspecto desnudo que le dan las dos bombillas eléctricas sin pantalla. Pero con la llegada deTico Feo fue como si en la oscura habitación hubiese penetrado un fenómeno tropical, puescuando Mr. Schaeffer regresó de observar las estrellas se encontró con una escena tan salvajecomo chillona. Sentado en un jergón con las piernas cruzadas, Tico Feo rasgaba la guitarracon sus largos dedos ondulantes y cantaba una canción tan alegre como el tintineo de unasmonedas. Aunque la letra era en español, algunos de los presos intentaban cantar con él, yPick Axe y Goober se habían puesto a bailar juntos. También Charlie y Wink bailaban, perocada uno por su cuenta. Era bonito oír las risas de los presos, y cuando finalmente Tico Feodejó la guitarra, Mr. Schaeffer acudió con otros compañeros a felicitarle.
— Te mereces esta guitarra tan preciosa — le dijo. — Es de diamantes — dijo Tico Feo, acariciando su centelleo de café cantante— Antes, otra de rubíes. Pero ésa es robada. Mi hermanita pequeña trabaja en La Habana enun..., cómo se dice, donde hacen guitarras; por eso tengo ésta.Mr. Schaeffer le preguntó si tenía muchas hermanas, y Tico Feo, con una anchísimasonrisa, alzó cuatro dedos. Luego, entrecerrando los ojos con expresión codiciosa, dijo:— Eh, míster, ¿me da muñecas para mis dos hermanitas pequeñas?A la noche siguiente Mr. Schaeffer le regaló las muñecas. Tras esto, se convirtió en elmejor amigo de Tico Feo, y siempre estaban juntos. Y se tenían mutua consideración, entodo momento.Tico Feo tenía dieciocho años, y había trabajado los dos últimos en un mercante delCaribe. De pequeño había asistido a una escuela de monjas, y de su cuello colgaba uncrucifijo de oro. También tenía un rosario. El rosario lo guardaba envuelto en un pañuelo deseda verde, junto con tres tesoros más: un frasco de colonia Noches de París, un espejito debolsillo, y un mapamundi Rand McNally. Estas cosas, y la guitarra, eran sus únicaspertenencias, y no permitía que nadie las tocara. Posiblemente fuera el mapa lo que másapreciaba. Por la noche, antes de que les apagaran las luces, abría el mapa y le mostraba aMr. Schaeffer los sitios donde había estado— Galveston, Miami, Nueva Orleans, Mobile,Cuba, Haití, Jamaica, Puerto Rico y las Islas Vírgenes — , así como los sitios adonde queríair. Quería ir prácticamente a todas partes, sobre todo a Madrid, sobre todo al Polo Norte. Estohechizaba y a la vez atemorizaba a Mr. Schaeffer. Le dolía pensar en Tico Feo surcando losmares y visitando lugares lejanos. A veces miraba defensivamente a su amigo y pensaba:«No eres más que un soñador perezoso.»Es cierto que Tico Feo era un perezoso. Después de aquella primera noche, hasta paraque tocase la guitarra había que suplicarle. Al amanecer, cuando uno de los guardias lesllamaba para que se levantasen, generalmente aporreando la estufa con un martillo, Tico Feogemía como un niño. A veces fingía encontrarse mal, sollozaba y se frotaba el estómago;pero nunca se salió con la suya porque el capitán le mandaba siempre a trabajar con losdemás presos. Mr. Schaeffer y él fueron destinados a trabajar juntos con un grupo que arreglaba las pistas. Era duro, porque tenían que cavar la arcilla congelada y cargar conpesados sacos de rocas fragmentadas. El guardián se pasaba la jornada entera gritándole aTico Feo, porque el joven se dedicaba sobre todo a quedarse apoyado en lo primero que sepusiera a su alcance.Cada mediodía, cuando les pasaban las fiambreras, los dos amigos se sentaban juntosa comer. La fiambrera de Mr. Schaeffer contenía algunas cosas exquisitas, pues podíapermitirse el lujo de comprar manzanas y caramelos del pueblo. Y a él le gustaba darlealgunas de esas cosas a su amigo, porque su amigo las disfrutaba tremendamente, y Mr.Schaeffer pensaba: «Aún estás creciendo; pasará mucho tiempo antes de que te hagasmayor.»Tico Feo no caía bien a todos los presos. Debido a que sentían celos de él, o pormotivos más sutiles, los había que contaban del joven cosas bastante horribles. Tico Feo noparecía enterarse de nada. Cuando los demás presos se reunían a su alrededor, y élcomenzaba a tocar la guitarra y a cantar, se le notaba que se sabía querido. La mayor parte delos presos le querían; esperaban a que llegase la hora libre que tenían entre la cena y elmomento en que apagaban las luces, y le decían:
— Tico, toca algo.No se daban cuenta de que, luego, reinaba una tristeza peor que nunca. El sueño lessorteaba de un salto, como una liebre, y sus miradas se quedaban pensativamente prendidasde los destellos del fuego que ardía tras la rejilla de la estufa. Mr. Schaeffer era el único quecomprendía el porqué de aquella turbación, porque también él la sentía. Se debía a que suamigo había hecho revivir los ríos fangosos poblados de peces, el brillo del sol en el cabellode una mujer.Muy pronto le concedieron a Tico Feo el derecho de ocupar una cama próxima a laestufa, al lado de la de Mr. Schaeffer. Mr. Schaeffer supo desde el primer momento que suamigo era un gran mentiroso. No esperaba la verdad cuando Tico Feo se ponía a contar sushistorias de aventuras, de conquistas, de encuentros con personajes famosos. Más bien lasdisfrutaba como simples cuentos, como los que publican las revistas, y le reconfortabaescuchar la voz tropical de su amigo susurrando en la oscuridad.Aparte de que no combinaban sus cuerpos ni creían tampoco hacerlo, pese a que estaclase de cosas no hubiera sido una novedad en la granja, eran como amantes. De todas lasestaciones, no hay ninguna tan demoledora como la primavera: los tallos revientan laendurecida costra helada de la tierra, las hojas abren la piel de las viejas ramas amortajadas,el dormido viento rasga el espacio entre rebrotados verdes. Y lo mismo le ocurría a Mr.Schaeffer, que sentía un resquebrajamiento, un desentumecimiento de los músculosendurecidos.A finales de enero, ambos amigos estaban sentados en los peldaños del barracón, conun pitillo en la mano. Una delgada luna amarilla, como un pedazo de corteza de limón, searqueaba sobre sus cabezas, y bajo su luz brillaban numerosas hilachas de tierra helada comoplateados rastros de caracoles. Hacía ya muchos días que Tico Feo estaba encerrado en sí mismo, callado como el ladrón que acecha entre las sombras.No servía de nada decirle: «Anda, Tico, toca un poco.» Se limitaba a mirarles conojos vidriosos, como alguien que ha inhalado éter.
— Cuenta alguna historia — dijo Mr. Schaeffer, que se ponía nervioso y se sentíaimpotente cuando era incapaz de llegarle — . Cuenta lo de la vez que fuiste a las carreras enMiami. — Nunca fui a una carrera en Miami— dijo Tico Feo, admitiendo así la falsedad deuno de sus más disparatados embustes, un asunto de cientos de dólares en el que, además,conocía a Bing Crosby. Pero a él pareció darle lo mismo. Sacó un peine y se lo pasó congesto mohíno por el pelo. Pocos días antes, este mismo peine había sido la causa de unatremenda pelea. Uno de los presos, Wink, dijo que Tico Feo le había robado ese peine, y elacusado contestó escupiéndole en el rostro. Estuvieron peleando hasta que Mr. Schaeffer yotro preso lograron separarles. — Es un peine mío. Tú se lo dices — le pidió Tico Feo a Mr. Schaeffer. Pero, contranquila firmeza, Mr. Schaeffer dijo que no, que el peine no era de su amigo, y estarespuesta pareció derrotar a todas las partes implicadas.— Bueno — dijo Wink— , si tanto le gusta, qué coño, ya se lo puede quedar elhijoputa ese.Más tarde, en tono vacilante, desconcertado, Tico Feo dijo:
— Pensaba que tú mi amigo.Lo soy, pensó Mr. Schaeffer, pero no dijo nada. — 
Nunca a una carrera, y lo de la viuda también no es verdad. — 
Se puso a fumar supitillo hasta encender furiosamente la brasa, y miró a Mr. Schaeffer con expresióninterrogadora— . Eh, ¿tu dinero, míster? — Unos veinte dólares — dijo vacilante Mr. Schaeffer, temeroso de lo que pudierapasar a continuación. — No es muy bueno veinte dólares — 
dijo Tico, pero no parecía decepcionado— . Noimportante, trabajaremos por el camino. En Mobile tengo amigo, Federico. Él nos pone enbarco. Ningún problema.Fue como si hubiese dicho que había empezado a refrescar.Mr. Schaeffer notó un pellizco en el corazón; no pudo decir palabra.
— Nadie aquí corre como Tico. Él corre más.— Las balas corren más que tú — dijo Mr. Schaeffer en un tono que casi no era de estemundo— . Soy demasiado viejo — 
añadió, y la conciencia de su vejez le daba vueltas pordentro como un vómito.Tico Feo no le escuchaba.— Y luego, el mundo. El mundo ,el mundo amigo mío.— Se puso en pie, temblando como un caballo muy joven; parecía como si lo tuviera todo a su alcance: la luna, el ulular delas lechuzas. Respiraba afanosamente, su aliento se convertía en humo — . ¿Ir a Madrid?Quizás alguien me enseña a torear. ¿No, míster?Mr. Schaeffer tampoco le escuchaba.
— Soy demasiado viejo— dijo — . Condenadamente viejo.Durante las semanas siguientes Tico Feo siguió repitiéndole: el mundo,el mundo,amigo mío; y él sólo sentía deseos de esconderse. Se encerraba en la letrina con la cabezagacha. Y, no obstante, estaba excitado, hechizado. ¿Y si pudiera ser verdad? ¿Y si conseguíacorrer con Tico por el bosque y llegar hasta el mar? Se imaginaba a bordo de un barco, él,que jamás había estado en el mar, que había pasado toda la vida con las raíces hundidas en latierra. Fue entonces cuando murió uno de los presos, y se oía el ruido de los que estabanhaciéndole el ataúd. Cada vez que un clavo penetraba en las tablas Mr. Schaeffer pensaba:«Lo hacen para mí, es el mío.»Tico Feo, en cambio, estaba más animado que nunca; más que andar, brincaba de unlado para otro con el paso ágil de un bailarín, con la gracia de un gigoló, y tenía un chistepara cada preso. En el barracón, después de cenar, sus dedos estallaban sobre las cuerdas dela guitarra como petardos. Enseñó a otros presos a gritar olé, y algunos hacían volar susgorras por los aires.Cuando terminaron de arreglar la pista, Mr. Schaeffer y Tico Feo fueron devueltos altrabajo del bosque. El día de San Valentín tomaron el almuerzo al pie de un pino. Mr.Schaeffer había hecho un pedido de doce naranjas al pueblo, y estuvo pelándolas lentamente,formando espirales con las pieles; le dio a su amigo los gajos más jugosos. Tico Feo estabaorgulloso de lo lejos que escupía las pepitas, sus buenos tres metros.Era un día precioso y fresco, a su alrededor bailaban como mariposas las manchas deluz, y Mr. Schaeffer, al que le gustaba trabajar en el bosque, se sentía atontado y alegre.Hasta que Tico Feo dijo:
— Ése, ése no atrapa mosca con la boca.Se refería a Armstrong, un guardia de atocinadas mejillas que estaba sentado con elfusil apoyado entre las piernas. Era el más joven de los guardias, y acababa de llegar a lagranja. — No sé qué decirte— dijo Mr. Schaeffer. Miró a Armstrong y se fijó en que, al igualque muchos hombres tan pesados como vanidosos, el nuevo guardia se movía con prestaligereza
— Puede que te engañe. — Quizás yo le engañaré a él — dijo Tico Feo, y escupió una pepita de naranja haciadonde estaba Armstrong. El guardia le miró ceñudamente, y luego tocó el silbato. Era laseñal de reemprender el trabajo.A media tarde los dos amigos volvieron a encontrarse juntos; estaban clavando baldes para recoger la trementina en un par de árboles muy próximos. Más abajo, a ciertadistancia, bajaba un riachuelo saltarín y no muy profundo que se ramificaba a través delbosque.
— En el agua no hay olor — 
dijo Tico Feo meticulosamente, como si se acordara dealgo que había oído decir en cierta ocasión— . Corremos en el agua; y, cuando oscuro, subirun árbol. ¿Sí, míster?Mr. Schaeffer siguió dando martillazos, pero la mano le temblaba, y se dio con elmartillo en el pulgar. Aturdido, volvió la cabeza hacia su amigo. Su rostro no reflejaba dolor,ni tampoco se llevó el dedo a la boca, como hubiese hecho otro cualquiera en suscircunstancias.Pareció como si los ojos azules de Tico Feo se dilataran como burbujas, y cuando,con una voz más suave que el ruido del viento en las copas de los pinos, dijo «mañana»,aquellos ojos fueran lo único que Mr. Schaeffer era capaz de ver.
— ¿Mañana, míster? — Mañana — dijo Mr. Schaeffer.Cayeron sobre las paredes del barracón los primeros colores del amanecer, y Mr.Schaeffer, que apenas había descansado, supo que también Tico Feo estaba despierto, yobservó con ojos cansados de cocodrilo los movimientos de su amigo en la cama contigua.Tico Feo estaba desanudando el pañuelo que contenía sus tesoros. Primero sacó el espejitode mano. Su luz de medusa tembló en el rostro del chico. Durante un rato estuvo admirandosu propia imagen con placer concentrado, y se peinó y atusó el cabello como si estuvierapreparándose para una fiesta. Luego se colgó el rosario del cuello. No abrió el frasco decolonia ni el mapa. Lo último que hizo fue afinar la guitarra. Mientras los demás presos ibanvistiéndose, él se sentó al borde de su catre y se puso a afinar la guitarra. Era extraño, puespor fuerza tenía que saber que nunca volvería a tocarla.Los chillidos estridentes de los pájaros acompañaron a los presos a través de loshumeantes bosques matutinos. Caminaban en fila india, de quince en quince, con un guardiaal final de cada grupo. Mr. Schaeffer sudaba como si hiciese mucho calor, y era incapaz deseguir el paso de su amigo, que se le adelantaba, haciendo castañetear los dedos ysilbándoles a los pájaros.Habían acordado una señal. Tico Feo gritaría «¡Permiso!», y fingiría que iba a hacersus necesidades detrás de un árbol. Pero Mr. Schaeffer no sabía en qué momento ocurriríaesto.El guardia que se llamaba Armstrong hizo sonar su silbato, y los presos de su grupoabandonaron la formación y se fueron cada uno a su trabajo. Mr. Schaeffer, aunque cumplíasu tarea lo mejor que podía, procuraba encontrarse siempre en situación de ver a Tico Feo yal guardia al mismo tiempo. Armstrong se quedó sentado en un tocón, con el gesto torcidoporque estaba mascando tabaco, y el fusil apuntando al sol. Tenía la mirada astuta de untahúr; no había modo de averiguar dónde fijaba la vista.Hubo un momento en el que otro de los presos gritó la señal. Aunque Mr. Schaeffersupo al instante que no era la voz de su amigo, el pánico le dio un tirón en la garganta, comosi fuese una cuerda. A medida que se iba consumiendo la mañana, notaba tal tamborileo en sus oídos que temió no ser capaz de captar la señal cuando sonara.El sol subió hasta el centro del cielo. «No es más que un soñador perezoso. No haránada», pensó Mr. Schaeffer, atreviéndose por un instante a creerlo. Pero, «Primerocomemos», dijo Tico Feo dándose aires de persona práctica cuando dejaban las fiambrerasen un terraplén situado junto al riachuelo. Comieron en silencio, casi como si estuvieranresentidos el uno con el otro, pero al final Mr. Schaeffer notó la mano de su amigo cerca de lasuya, se la cogió, y la apretó con ternura.
— Mr. Armstrong, permiso...Mr. Schaeffer había visto un ocozol cerca de la orilla, y estaba pensando que prontollegaría la primavera y saldría el liquidámbar, a punto para ser mascado. Una piedra afiladale abrió una herida en la palma cuando se dejaba caer por la resbaladiza pendiente hacia elagua. Se enderezó y comenzó a correr; tenía las piernas largas, lograba mantenerse casi a lamisma altura que Tico Feo, mientras unos helados géiseres lanzaban salpicaduras a su paso.Desde diversos rincones del bosque les llegaban resonantes gritos, como voces emitidas enuna caverna, y luego silbaron, altos, tres balazos, como si el guardia disparase contra unabandada de patos.Mr. Schaeffer no vio el tronco que estaba atravesado en el cauce. Tuvo la impresiónde que aún seguía corriendo, y continuó moviendo las piernas en el aire; era como unatortuga boca arriba.Mientras pugnaba por erguirse, le pareció que la cara de su amigo, colgada encima deél, formaba parte del cielo invernal, de tan lejana, de tan severa que la veía. Permaneció allí colgada un solo instante, como un colibrí, pero le bastó ese tiempo para saber que Tico Feono pretendía que él lo consiguiera, que jamás lo había creído posible, y se acordó de la vezque pensó que a su amigo le faltaba todavía mucho para llegar a hacerse mayor. Cuando leencontraron, seguía tumbado en las someras aguas, como si fuese una tarde de verano yestuviese flotando apaciblemente en el riachuelo.Han transcurrido desde entonces tres inviernos, y de cada uno de ellos se ha dichoque era el más frío, el más largo. Dos meses recientes de lluvias han vuelto a ahondar lasroderas de la pista de arcilla que conduce a la granja, y es más difícil que nunca llegar hastaallí, salir de allí. Han montado un par de focos que brillan toda la noche como los ojos de unagigantesca lechuza. Por lo demás, apenas se han producido novedades. Mr. Schaeffer, porejemplo, tiene más o menos el mismo aspecto, aunque se ha espesado la escarcha de sucabello, y camina cojeando porque se rompió un tobillo. Fue el propio capitán el que dijo queMr. Schaeffer se lo había roto cuando intentaba atrapar a Tico Feo. Incluso salió una foto deMr. Schaeffer en el periódico, bajo este titular: «Trata de impedir una fuga.» En aquellosmomentos se sintió profundamente humillado, y no porque supiera que los demás presos sereían de él, sino porque se imaginaba a Tico Feo viendo ese periódico. De todos modos, seguardó el recorte en un sobre, con otras noticias que hablaban de su amigo: una solteronadeclaró a las autoridades que entró en su casa y la besó; dos veces se dijo que había sido vistoen las proximidades de Mobile, y finalmente se supuso que había logrado salir del país.Nadie le ha discutido nunca a Mr. Schaeffer su derecho a quedarse con la guitarra.Hace unos cuantos meses ingresó un nuevo preso en el barracón. Decían que tocaba muybien, y convencieron a Mr. Schaeffer de que se la dejara. Pero todas las canciones del nuevoeran amargas, como si Tico Feo, cuando afinó la guitarra aquella última mañana, le hubiese echado una maldición. Ahora yace bajo el catre de Mr. Schaeffer, donde sus diamantes decristal comienzan a amarillear; su mano la busca a veces por la noche, y sus dedos acaricianlas cuerdas: después, el mundo.

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